En el Jardín de Monforte, las estatuas vigilan con serenidad mientras los setos dibujan pasillos íntimos. Una pareja desplegó discretamente su merienda fuera de las zonas delicadas y, al terminar, ofreció fruta a unos amigos recién llegados. No hubo música, solo risas bajitas y páginas que pasaban. El sol filtrado hacía parpadear las hojas como si aplaudieran. Al marcharse, recogieron hasta la última miga. Quedó un aire limpio y un recuerdo pulcro, como un saludo.
En el Jardín de Monforte, las estatuas vigilan con serenidad mientras los setos dibujan pasillos íntimos. Una pareja desplegó discretamente su merienda fuera de las zonas delicadas y, al terminar, ofreció fruta a unos amigos recién llegados. No hubo música, solo risas bajitas y páginas que pasaban. El sol filtrado hacía parpadear las hojas como si aplaudieran. Al marcharse, recogieron hasta la última miga. Quedó un aire limpio y un recuerdo pulcro, como un saludo.
En el Jardín de Monforte, las estatuas vigilan con serenidad mientras los setos dibujan pasillos íntimos. Una pareja desplegó discretamente su merienda fuera de las zonas delicadas y, al terminar, ofreció fruta a unos amigos recién llegados. No hubo música, solo risas bajitas y páginas que pasaban. El sol filtrado hacía parpadear las hojas como si aplaudieran. Al marcharse, recogieron hasta la última miga. Quedó un aire limpio y un recuerdo pulcro, como un saludo.